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Especial Liderazgo de Mujeres 2026

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Ana Duque de Hughes: “Aprendimos que con alianzas se logra adopción e impacto”

Carmen Pizano | 27 de febrero de 2026

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Duque: La tecnología no amplifica brechas por sí sola, lo hace el acceso desigual y el uso desigual

Hay mujeres que hablan de liderazgo como si fuera un destino. Ana Duque lo cuenta como un proceso. Economista de la Universidad de los Andes y hoy directora de Marketing y Comunicación para América Latina en Hughes, su carrera se ha movido entre números, estrategia y tecnología, pero lo que la define no es el cargo: es la convicción de que la conectividad solo tiene sentido cuando cambia vidas.


En una industria históricamente dominada por hombres —telecomunicaciones, infraestructura, ingeniería— Duque nunca se sintió “fuera de lugar”. Tampoco romantiza el camino. Sabe que muchas estructuras no fueron pensadas para mujeres. Pero en lugar de dinamitar el edificio, propone algo más sofisticado: hacerlo mutar desde dentro.


Conectar no es suficiente

Durante años, la conversación sobre brecha digital se redujo a una cifra: quién tiene internet y quién no. En Hughes, el programa Conectando Sueños comenzó así, llevando conectividad a comunidades que históricamente habían quedado al margen, pero con el tiempo, Ana y su equipo entendieron algo: entregar internet no garantiza transformación.


“Si no hay adopción, no hay impacto”, dice y esa frase cambia todo.


En el norte de Chile, en Tarapacá, el programa dio un giro decisivo al aliarse con ONU Mujeres, a través del Programa Originarias. No se trataba solo de instalar un servicio, sino de acompañar a mujeres indígenas que lideran emprendimientos turísticos —restaurantes, alojamientos, experiencias culturales— a integrar la tecnología en su vida diaria.


Porque para quien vive a más de 3.000 metros sobre el nivel del mar, grabar un video de postulación o enviar un archivo puede no ser un trámite técnico, sino una barrera emocional. El miedo a “no saber hacerlo bien” pesa más que la señal satelital, ahí es donde la conectividad deja de ser infraestructura y se vuelve confianza.


La belleza de las alianzas bien hechas

Duque habla de este proyecto con una serenidad distinta. Se nota cuando algo funcionó; seis emprendimientos fueron seleccionados entre más de veinte postulaciones, distribuidos en distintos “pisos térmicos”: altiplano, costa, territorios con dinámicas productivas completamente distintas.


Pero el verdadero acierto no fue la cifra, sino el modelo: trabajar con organizaciones que ya conocen el territorio, que acompañan a las mujeres todo el año, que ayudan a llenar formularios, a usar el correo, a abrir redes sociales.


Es una visión menos heroica y más estructural del liderazgo, no se trata de llegar como salvadora, sino de construir en conjunto, de crear un 360 donde la conectividad se cruza con capacitación, seguimiento y medición real de resultados.


En comunidades donde la economía es profundamente colaborativa —la apicultora que le vende al restaurante, la agricultora que abastece a la posada— el impacto no es individual: es comunitario, beneficiar a una mujer es fortalecer un ecosistema.


¿Adaptarse o rediseñar?

Cuando la conversación gira hacia las estructuras corporativas, Ana evita los extremos. “Sí, muchas mujeres se adaptaron a sistemas pensados en otro siglo, pero hoy el cambio no pasa por empezar de cero, sino por rediseñar lo que ya existe”.


Habla de áreas de ingeniería que antes eran casi exclusivamente masculinas y que ahora cuentan con mujeres en posiciones de vicepresidencia. No es una revolución estridente. Es una mutación silenciosa y cada mujer que llega a un espacio de decisión tiene la posibilidad —y la responsabilidad— de dejarlo un poco más habitable para la siguiente.


Sobre cuotas y meritocracia, su postura es equilibrada. Quiere más mujeres en las mesas de decisión, sí, pero también quiere que estén ahí por capacidad, no solo por cumplir un número. Reconoce que las reglas del juego no siempre han sido neutrales, pero cree que el equilibrio se construye afinando las bases, no forzando el resultado.


Inteligencia artificial y el verdadero riesgo

En tiempos donde la inteligencia artificial genera tanto entusiasmo como temor, Duque no dramatiza, para ella, la tecnología no amplifica brechas por sí sola; lo hace el acceso desigual y el uso desigual.


“Si las mujeres no tienen acceso ni confianza para usar estas herramientas, quedarán fuera de una conversación que ya está ocurriendo, no por culpa del algoritmo, sino por la persistencia de una brecha más antigua: la del acceso y la adopción” indica Duque.


Por eso insiste en algo que puede sonar simple, pero no lo es: atreverse. “Atreverse a usar, a preguntar, a equivocarse, el mayor bloqueo no siempre es técnico; muchas veces es mental”.


“Si no me creo capaz, no lo voy a lograr”, resume.


Un liderazgo que piensa en comunidad

Quizás lo más interesante de Ana Duque es su mirada, considera que la tecnología debe diseñarse con diversidad para evitar sesgos y afirma, sobre todo, que cuando una mujer accede a herramientas, rara vez las usa sólo para sí misma.


El mensaje final

A las nuevas generaciones, Duque no les promete un camino fácil, les promete algo más honesto: que no están solas “Que otras mujeres ya abrieron puertas, el miedo es normal, pero no definitivo”.


“Las nuevas generaciones tienen algo que las generaciones anteriores no tuvieron en la misma medida: herramientas”.


En tiempos de fusiones, recortes y transformaciones digitales vertiginosas, Ana Duque apuesta por algo menos espectacular y más duradero: estructuras que funcionen, alianzas que sostengan y mujeres que, una vez que se lo creen, no vuelven a soltar el impulso.


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