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Especial Liderazgo de Mujeres 2026

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Ophelia Pastrana, OphCourse: Redes, poder y la batalla por lo que sí queremos ver

Carmen Pizano | 27 de febrero de 2026

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Pastrana:  La conversación pública ya no pasa por la puerta de un medio

Por un instante, Ophelia Pastrana no está hablando de redes sociales: está hablando de poder. Del poder de decidir qué existe en la conversación pública y qué se pierde en el ruido. “Empoderémonos alrededor de darle luz, visibilidad a lo que sí queremos”, dice. No como una frase optimista, sino como una estrategia. En un ecosistema diseñado para premiar el escándalo, elegir qué amplificar es un acto político.


Habla de internet, de feminismos, de medios, de plataformas, de esa conversación pública que hoy se construye a golpe de algoritmo y que, aun así, sigue siendo profundamente humana.


La frase no es casual. Es, en realidad, el punto de llegada de una conversación que cruza ciencia, comedia, activismo, economía de creadores y política de plataformas y también es la clave para entender por qué Pastrana —física, economista, divulgadora, comediante, estratega digital y una de las voces más reconocibles del debate tecnológico en habla hispana— insiste en una idea que suena casi herética en 2026: las redes sociales, con todos sus defectos, siguen ofreciendo más libertad que muchos medios tradicionales.


La mujer detrás de la voz


Nacida en Bogotá y radicada en México desde hace años, Ophelia Pastrana se mueve con naturalidad entre escenarios que rara vez se cruzan: conferencias de tecnología, mesas de debate sobre feminismos, videos de divulgación científica y rutinas de stand-up. Mujer trans, que ha hecho de su propia experiencia una perspectiva más —no la única— dentro de una conversación mucho más amplia sobre cultura digital y poder. Con más de medio millón de seguidores acumulados entre YouTube, Instagram y X, ha construido una comunidad sólida interesada en tecnología, economía digital y pensamiento crítico. Reconocida en la lista BBC 100 Women, hoy es una referencia cuando se habla de plataformas, algoritmos e influencia pública en el ecosistema digital.


Pero reducirla a etiquetas sería perder lo esencial: Pastrana es, sobre todo, una intérprete de su tiempo. Alguien que entiende que hoy la credibilidad, la visibilidad y la conversación pública ya no se juegan solo en redacciones, sino en feeds, timelines y pantallas verticales.


La nueva economía de la atención


“No es un trabajo para nada diferente de lo que haría cualquier medio”, dice cuando se le pregunta por la llamada “vida influencer”. La frase desarma la narrativa romántica (y también la crítica fácil) alrededor de las creadoras de contenido. Para Pastrana, construir una audiencia es, en el fondo, lo mismo que ha hecho siempre una revista o un noticiero: ofrecer algo y lograr que la gente regrese.


La diferencia está en el eje de gravedad. “La audiencia que tú formas es alrededor de tu valor personal”, explica. Mientras muchos medios han optado por despersonalizar —“publicado por editorial”, sin rostro ni firma—, en redes la relación se teje desde la identidad. Incluso cuando esa identidad también es un personaje, una construcción, una narrativa cuidada. “Una persona puede estar actuando su personaje… creando una forma de comunicar que no es necesariamente orgánica”, concede. Pero el vínculo sigue siendo directo.


Y ahí aparece la primera gran tensión: dependemos de plataformas que no controlamos. “Sin Instagram hay mucha gente que no se daría a conocer. Sin TikTok, tampoco”, dice. Las redes son, al mismo tiempo, escenario y empresa. Libertad y dependencia. Ventana y filtro.


¿El algoritmo o el director editorial?


Cuando la conversación gira hacia feminismo, diversidad y temas incómodos para la conversación pública, Pastrana lanza su idea más provocadora: “Parecería contraintuitivo, pero es más fácil en las redes”.


La razón no es que el algoritmo sea benevolente —no lo es—, sino que el filtro en los medios tradicionales suele ser más rígido y más ideológico. “Cuando voy a hablar con medios tradicionales… me dicen: simplifica tu mensaje, bájale un poquito”, cuenta. Ese “bájale” es, para ella, una forma elegante de subestimar a la audiencia y de proteger líneas editoriales que no siempre quieren incomodarse con feminismos, disidencias o críticas al poder.


En redes, en cambio, la lógica es otra: “Se asume que quien te quiere ver es porque te quiere ver”. Incluso cuando una plataforma avisa que un contenido no se va a promocionar, Pastrana activa a su comunidad. “Le digo a mi audiencia: ayúdenme a moverlo”. El alcance puede ser menor, pero la conversación sigue siendo posible.


Y entonces llega la comparación que define su postura: “Esas fricciones que ponen las redes sociales son papitas comparadas con una línea editorial de un medio que decide: ‘a mí no me pongas a alguien así en la tele’”. El algoritmo limita. El gatekeeper, muchas veces, cancela.


La polarización como modelo de negocio


Nada de esto significa que Pastrana idealice las plataformas. Todo lo contrario. “Sí es un hecho que nos polarizan las redes”, dice con la claridad de quien ha estudiado sus incentivos. La explicación es brutalmente simple: las redes valen más cuanto más tiempo pasamos en ellas.


“La estadística se llama tracción”, explica. Más tiempo en pantalla significa más inversión, más anuncios, más dinero. ¿Cómo se logra? Con conflicto, con fricción, con la exhibición constante del “otro lado” para provocar reacción.


El resultado es una sensación que todos conocemos: cada quien vive en su burbuja convencido de que su versión del mundo es la mayoritaria. “Antes de cada elección, la gente jura que su candidato va a ganar, porque en sus redes solo ve cosas de su candidato”, dice. Y cuando aparece la oposición, aparece como choque, no como diálogo.


Para Pastrana, esta es una deuda generacional: aprender a despolarizar nuestra manera de hablar.


La era de la falta de información


Hay otro fenómeno que le preocupa incluso más que la mentira: la falta de información. No la fake news evidente, sino ese vacío extraño en el que, una semana después, descubres que hubo un gran evento cultural, una película importante o incluso unos Juegos Olímpicos… y no te enteraste.


Las redes, dice, se fragmentaron. Antes, Twitter funcionaba como una plaza pública informativa: “Si algo se hacía trending, acababa en un periódico. Hoy, en plataformas más visuales y cerradas, seguir una noticia requiere buscarla activamente y la conversación común se diluye. Cada quien habita su propio ecosistema”.


Cuando lo virtual duele de verdad


En este paisaje, la violencia digital no es un daño colateral menor. “Lo virtual también es real. Sigue siendo violencia”, afirma y añade algo clave: en redes, el ataque se siente personal, aunque ocurra frente a miles de espectadores. El cerebro no distingue entre la intimidad y el estadio lleno. El doxxeo, el acoso, la exposición pública convierten esa sensación en algo físico.


Influencers, medios y la nueva autoridad


Pastrana no ama la palabra influencer, por no menospreciar a la audiencia, pero reconoce su peso. En un mundo de IA, bots y marcas que construyen narrativas, las personas visibles cumplen una función inesperada: validar la realidad. “La gente busca a alguien que levante el teléfono y diga: ‘sí está bueno’”, explica. Esa validación tiene poder y también peligro: “A veces volvemos verdad cosas que no lo eran”.


Los medios, mientras tanto, han tenido que adaptarse. “Los medios se volvieron parte de las redes”, dice. Su diagnóstico es tan elegante como cruel: “Hoy, los medios son influencers caros”. Caros de operar, caros de sostener, obligados a competir en el mismo terreno que alguien con un teléfono y una buena historia.


Comedia, feminismo y el “tú también”


Cuando habla de humor, Pastrana baja la voz y sube la precisión. La comedia, dice, sirve para decir lo que de otro modo no se podría decir. Mientras el activismo apela a la emoción, el humor observa, señala, desnuda contradicciones. Es otra forma de crítica social.


Su objetivo, confiesa, es simple: decirle a la gente “tú también”. Hacer visible que casi nadie encaja del todo en la supuesta hegemonía. Que la diversidad no es una etiqueta, sino una condición extendida. “La palabra diversidad es diversa”, repite, como un mantra.


El cierre: hablar de lo que sí queremos


La última idea que deja Pastrana es, quizá, la más elegante. Durante años, dice, las redes nos entrenaron para señalar lo que está mal. Para reaccionar. Para denunciar, hasta que alguien le preguntó: “¿A quién sí deberíamos seguir?”. Y se dio cuenta de que no estaba amplificando lo que valía la pena.


De ahí nació su propuesta: por cada queja, intentar visibilizar algo bueno. Un proyecto, una voz, una idea que construya. “Las redes nos condicionaron a buscar los negativos. También tenemos que hablar de lo que sí queremos”.


El ecosistema diseñado para el escándalo, pero quizá ahí esté su gesto más político: reclamar, incluso dentro del algoritmo, el derecho a elegir qué mundo queremos hacer visible.


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