Édison Monroy | 14 de agosto de 2026
Macondo, el pueblo de Cien años de soledad, se construyó en Alvarado, a 190 km de Bogotá por carretera, en dirección suroccidental
La adaptación de Cien años de soledad, producida por Dynamo para Netflix, construyó su universo a partir de una combinación de locaciones naturales, sets levantados para la producción y un despliegue de equipos que se extendió durante más de tres años.
Para la grabación de las dos partes, la serie recorrió distintos departamentos y municipios de Colombia para representar las transformaciones de Macondo y los espacios asociados a la historia de la familia Buendía.
Cien años de soledad tuvo como eje un terreno de 560.000 metros cuadrados destinado a la locación principal, donde se construyeron 16.623 metros cuadrados y se sembraron 18.915 plantas. A esto se sumaron rodajes en municipios de Tolima, Cesar, La Guajira, Magdalena, Cundinamarca, Boyacá y otros territorios.
“La operación diaria en el terreno podía tener entre 900 y 1.200 personas al día, entre crew, construcción y departamentos. El set funcionaba prácticamente 24 horas: siempre estábamos rodando o en preparación”, explica Juliana Flórez, productora ejecutiva.
La elección de la locación principal de Cien años de soledad partió de una búsqueda que se realizó en diferentes regiones del Colombia. La producción necesitaba un lugar que permitiera concentrar buena parte de la operación sin perder las características geográficas requeridas por la historia.
“Se realizó una búsqueda de locaciones por todo el país. Y realmente, al ser una producción tan grande, tan pesada, tan difícil de mover, necesitábamos encontrar un punto intermedio, que estuviera cerca de Bogotá, pero que también ofreciera toda esa belleza natural que hemos visto: montañas, vegetación, paisajes impresionantes, por eso se escogió Alvarado”, señala Carolina Caicedo, productora ejecutiva.
Alvarado, en Tolima y a 190 km de Bogotá por carretera, en dirección suroccidental, fue uno de los puntos de referencia para el desarrollo del universo visual de la serie. La producción también trabajó en Ibagué, Valle de San Juan, Ambalema, Piedras, Gualanday, Venadillo, Honda, Ricaurte y Girardot, entre otros municipios.
La escala del proyecto implicó que el espacio construido no fuera solamente un escenario para el rodaje. El terreno debía soportar simultáneamente actividades de construcción, preparación, filmación y operación de los diferentes departamentos.
En la primera parte participaron 571 integrantes del crew, mientras que en la segunda fueron 605. Si se suma el personal de construcción y los meses de mayor demanda, las cifras llegaron a 994 personas en la primera parte y a 1.160 en la segunda. En total participaron 48 empresas proveedoras.
Juliana Flórez plantea la diferencia entre el tamaño del equipo y la duración del proceso: “Más allá de las cifras, la magnitud también está en el tiempo: una película grande puede rodarse en 9 o 12 semanas. Nosotros llevamos más de tres años trabajando en este universo. Eso cambia la escala completamente”.

Cien años de soledad tuvo como eje un terreno de 560.000 metros cuadrados destinado a la locación principal
La segunda parte de la Cien años de soledad amplió el mapa de producción. Villa de Leyva y Tunja fueron utilizadas para representar espacios vinculados con Bogotá y con personajes como Fernanda del Carpio, interpretado en esa etapa por Laura Taylor.
En Magdalena, el rodaje llegó hasta Sevilla para recrear el mundo de las bananeras y las oficinas de la compañía bananera del periodo representado en la historia.
“Para esta parte de la historia entraremos en las bananeras para lo que grabamos en Sevilla, Magdalena, lugar donde estaban las oficinas de la compañía bananera en el siglo pasado”, explica Caicedo.
El trabajo de locaciones también incluyó Santa Marta, Ciénaga, Río Frío, Sáchica, Prado Sevilla y otros municipios. De esta manera, la producción utilizó distintos territorios para construir los cambios geográficos y temporales de la narración, en lugar de concentrar toda la representación en un único escenario.
El proceso de casting acompañó esta búsqueda territorial. Para la primera parte se visitaron 11 ciudades y para la segunda, ocho, como parte de un proceso que permitió ampliar la participación de intérpretes en distintas regiones.
La dimensión del diseño de producción de Cien años de soledad estuvo relacionada tanto con la creación física de los espacios como con la necesidad de sostener una operación prolongada. Para Bárbara Enríquez, diseñadora de producción, el proyecto dejó capacidades técnicas que trascienden la serie:
“Desde el punto de vista de lo técnico y lo creativo, también ha sido una experiencia profundamente transformadora. Nos enfrentamos a retos que nunca antes habíamos tenido que resolver, y lo hicimos. Aprendimos, nos especializamos, y ahora hay conocimientos instalados en el equipo técnico y artístico local que elevan el estándar de lo que es posible hacer en Colombia”.
La construcción de 16.623 metros cuadrados y la intervención vegetal de la locación principal formaron parte de ese proceso. Las 18.915 plantas sembradas muestran que la creación del entorno requirió intervenir el terreno más allá de la construcción de estructuras.
Para Enríquez, esa experiencia puede tener consecuencias sobre la capacidad de Colombia para recibir producciones de mayor escala. “Eso también posiciona al país como un lugar preparado para acoger más proyectos internacionales. Cualquiera que venga a filmar va a saber que en Colombia hay equipos capacitados, con experiencia real en resolver desafíos complejos y eso sin duda va a transformar la industria”.
La producción de Cien años de soledad articuló, de esta manera, un sistema de locaciones que pasó por diferentes regiones, un terreno principal convertido en espacio de construcción y rodaje, y equipos locales que trabajaron durante un periodo extendido. El resultado parte de una operación que buscó que los espacios de la historia pudieran cambiar junto con sus personajes y sus épocas, manteniendo la producción dentro de un territorio colombiano.
“Pero además, creo que esta serie también tiene el potencial de impulsar más inversión local, más apoyo institucional, más fondos y más oportunidades para el cine colombiano. Porque demuestra que se pueden hacer cosas grandes aquí, desde aquí, con historias que nos pertenecen, que tienen voz y raíz colombiana”, concluye Bárbara Enríquez.