
El cringe aparece cuando la comunicación se siente forzada, desalineada o desconectada del contexto.
En un ecosistema donde las marcas compiten por atención en conversaciones cada vez más rápidas, hay una palabra que aparece con fuerza en redes y comentarios reales: cringe. Lejos de ser solo una etiqueta irónica, CATCH, agencia especializada en cultura y entretenimiento, identifica al cringe como un termómetro cultural que expone cuando una marca fuerza su identidad, pierde naturalidad o queda fuera de contexto.
El análisis de CATCH revela que el cringe funciona como un verdadero termómetro cultural. Aparece cuando una marca pierde naturalidad, fuerza una identidad que no le pertenece o se despega del contexto en el que intenta insertarse. Es, en palabras de Victoria Wiske, LATAM Strategy & Growth Director, “el antónimo práctico del coolness, no por estética sino por sensación: el cool fluye; el cringe fuerza. Hoy la conversación cultural es tan rápida que las marcas no sólo deben ser relevantes: también deben evitar espacios donde pierden credibilidad.”
El equipo de CATCH estudió cómo las audiencias usan la palabra cringe para marcar distancia, incomodidad o falsedad y trazó un marco conceptual que ayuda a los marketers a entender qué lo genera, por qué importa y cómo puede usarse a favor.
“En nuestros workshops internos analizamos casos, comportamientos y códigos generacionales. Encontramos patrones y trazamos un marco que ayuda a entender qué lo activa y cómo puede convertirse en una herramienta estratégica”, explicó Agustina Mamberti, Sr. Brand Strategist.
Según CATCH, el marco del cringe se sostiene en tres grandes balanzas que explican cuándo una marca pierde autenticidad y desconoce el contexto cultural. La primera es la balanza de la identidad, que aparece cuando una marca intenta ser alguien que no es: cambia su tono de voz bruscamente, copia códigos que no domina o busca pertenecer a conversaciones donde no está invitada. Es esa sensación de “se ven los hilos” y de querer encajar en un grupo ajeno. No depende de la edad, sino del equilibrio entre quién sos y cómo te mostrás; cuando pesa más la fachada que la identidad, surge el cringe.
La segunda es la balanza del esfuerzo, que se activa cuando la intención supera al resultado. Mientras el coolness se caracteriza por la naturalidad y el gesto mínimo, el cringe aparece en el exceso: mostrarse demasiado, explicar demasiado, emocionar demasiado, intentar gustar demasiado. Cuando el esfuerzo pesa más que el resultado, la incomodidad se instala.
La tercera es la balanza de los códigos culturales, que se da cuando la marca interpreta mal el entorno y sus reglas. Cada plataforma y comunidad tiene sus propios códigos, y desconocerlos genera desconexión; invadirlos, directamente, genera cringe. Esto ocurre al exagerar tendencias ya pasadas, usar memes sin timing o comunicar sin anticipar la reacción de la audiencia. En esos casos falta empatía social: entender qué genera identificación y qué provoca rechazo. El cringe se activa, entonces, cuando una marca comunica sin leer las señales del contexto ni asumir cómo su mensaje será recibido.
Hasta acá, el cringe aparece como una señal de alerta: la incomodidad que surge cuando una marca fuerza lo que no es, pierde coherencia o desconoce los códigos culturales. Pero existe otra cara del concepto, una versión que lo convierte en recurso y lo usa a favor: el cringe marketing, que demuestra que incomodar puede unir en lugar de alejar.
Las marcas que lo aplican bien no se ríen de su audiencia, sino con ella, creando un terreno común donde el humor surge desde la complicidad. Esa incomodidad, usada con inteligencia, abre la puerta a la empatía y la conexión real. En un mundo saturado de mensajes correctos, las marcas que se animan a mostrar fisuras, abrazar la imperfección y reírse de sí mismas encuentran un diferencial propio.
La regla es clara: empatía, ironía y complicidad. Cuando se cumple, el cringe acerca a la marca, le da un lenguaje propio y convierte lo incómodo en memorable. Duolingo es un buen ejemplo: exagera a propósito el personaje de su marca, se ríe de sí misma y entiende el lenguaje de internet sin forzar códigos ajenos. Esa mezcla lo convierte en humor compartido, no en sobreesfuerzo ni desconexión cultural.
“El objetivo no es parecer cool, sino mostrar humanidad, exagerar a propósito y generar un terreno donde la audiencia sienta: ‘son conscientes, están jugando, estoy adentro”, concluyó Manuel Cambón, Creative Planner de la agencia.
Más info en www.wearecatch.com – hola@wearecatch.com
CATCH consolida su liderazgo creativo en tecnología con Dulcificador de Audios
Catch, nueva agencia de Culture Marketing para Diageo en Argentina y Uruguay