
Ruben Bross, productor de Sabores de Libertad
En un país donde las cárceles suelen asociarse únicamente con castigo y aislamiento, una nueva serie documental propone mirar más allá de los muros. “Sabores de Libertad” explora las historias de personas privadas de la libertad a través de la cocina, un espacio donde los recuerdos, las emociones y las segundas oportunidades se entrelazan.
La producción reúne a seis personas privadas de la libertad —tres mujeres y tres hombres— con chefs reconocidos, quienes comparten recetas, técnicas y, sobre todo, experiencias humanas. El proyecto busca desafiar los prejuicios sobre quienes cumplen condenas y abrir una conversación sobre la reinserción social.
La serie se estrenó en la Cineteca de Chapultepec, en Ciudad de México, en un evento que reunió a parte del equipo creativo y a los participantes del proyecto. Actualmente está disponible en Amazon Prime Video.
La dirección está a cargo de Simón Bross, Alejandro Cervantes P. y Pedro Armendáriz Jr., mientras que la producción corre por cuenta de Simón Bross, Rubén Bross y Enrique Ramírez Santillán.
Rubén Bros, diseñador de producción y productor del proyecto, explica que el objetivo central de la serie es hacer visible a una población que suele permanecer ignorada por la sociedad.
“El objetivo principalmente es la reinserción, la búsqueda de volver visible a gente que de repente vemos invisible, que no la vemos o que pensamos cosas de ellos”, dijo desde la Cineteca.
En el sistema penitenciario de la Ciudad de México hay alrededor de 28.000 personas privadas de la libertad, un universo del que la serie toma solo seis historias para mostrar otra dimensión de la vida dentro de los centros penitenciarios.
“Lo que van a ver en la serie son seis PPL: tres mujeres y tres hombres. Y creo que lo más importante es que encontramos joyas ahí adentro, encontrar la parte positiva dentro de un cereso donde parecería que todo es negativo y no lo es”, afirmó Bros.
Filmar dentro de una cárcel
La producción implicó retos logísticos poco habituales para un proyecto audiovisual. El equipo tuvo que adaptarse a un entorno con reglas estrictas y protocolos de seguridad complejos.
“El primer reto fue entender una locación en la que nunca habíamos entrado”, contó Bros. “Montamos una cocina completa dentro del penal: más de 14.000 cosas se metieron, una por una, entendiendo cómo se entraba y todos los permisos que se necesitaban. Incluso metimos cuchillos a la cárcel, cosas que normalmente no están permitidas”.
La experiencia, asegura, tuvo también un impacto personal profundo.
“Sin lugar a dudas me cambió la vida. Hay momentos que te cambian la vida profesionalmente y este fue uno de ellos”, dijo.
El proceso también transformó la relación entre el equipo de producción y las personas privadas de la libertad. Al inicio, recuerda Bros, existía desconfianza mutua.
“Las más de 800 personas que vimos antes de elegir a las seis tenían reservas, igual que nosotros. Fue un momento de pedirnos permiso mutuamente. Pasamos de estar separados hasta despedirnos con abrazos y besos como si fuéramos familia”.
La cocina como puente
Uno de los chefs participantes es Aquiles Chávez, quien cocinó con una mujer privada de la libertad en el penal de Santa Marta Acatitla.
“Sabores de Libertad va de cocinar con una persona privada de su libertad y compartir una receta, una historia”, explicó el chef.
Para su episodio eligió una receta profundamente personal: el mole verde de su familia.
“Tuve la fortuna de cocinar con una mujer en Santa Marta y regalarle el mole de mi familia, el mole de mi mamá: un mole verde con gallina y arroz”, relató.
Más allá de la receta, lo que más lo marcó fue la experiencia humana dentro del penal.
“La experiencia impactante no fue trabajar con la persona privada de la libertad, sino entrar al lugar donde estaba recluida”, dijo. “La única referencia que tenía de una cárcel era lo que se ve en las películas, pero la realidad dista mucho de esa imagen”.
Aprender del otro
El objetivo inicial del proyecto era enseñar técnicas culinarias a las personas privadas de la libertad. Sin embargo, para Chávez el aprendizaje terminó siendo mutuo.
“El motivo era enseñar, transmitirles algo, pero al final ellas fueron las que nos enseñaron a nosotros”, afirmó.
Para el chef, la serie es ante todo una historia profundamente humana.“Es una serie muy emotiva, llena de amor, de cariño, de mucho corazón y sobre todo de mucho sabor”, dijo.
Más allá de la pantalla
Los creadores esperan que la serie abra un debate más amplio sobre la reinserción social y las oportunidades para quienes cumplen una condena.
Para Bros, el mejor indicador de éxito sería que el proyecto continúe.
“Espero que el impacto sea tal que una segunda temporada llegue por naturaleza, no porque la estemos buscando, sino porque se vuelva una necesidad hacerlo”, señaló.
En “Sabores de Libertad”, la cocina se convierte en algo más que un acto cotidiano: es un lenguaje común capaz de derribar prejuicios, reconstruir identidades y recordar que, incluso detrás de los muros de una prisión, todavía hay historias, talento y futuro.
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