TELEVISIÓN

La región ya demostró que sabe exportar mundos narrativos: La pregunta es porqué lo hacemos tan de vez en cuando

13 de agosto de 2026

Diego Marambio

En mi columna anterior propuse un marco: la IP audiovisual podría no ser la película sino el universo narrativo, y a un universo se puede entrar por diferentes puertas. La pregunta natural que sigue es incómoda y esperanzadora a la vez: ¿Cuántos universos tiene América Latina, y qué estamos haciendo con ellos?

Empecemos por lo que hicimos bien, porque la evidencia es contundente. Yo soy Betty, la fea es, probablemente, el universo narrativo más exitoso que exportó la región: una historia colombiana adaptada en decenas de territorios, con versiones locales en mercados tan distintos como India, Alemania, China y EE. UU. Cada adaptación no compró un guion: compró un mundo, un personaje, una promesa emocional, una arquitectura narrativa que funciona en cualquier idioma. Eso es una IP global, y la región la produjo hace más de veinticinco años.

Como agua para chocolate hizo el recorrido completo que hoy llamaríamos estrategia de universo: novela, película que se convirtió en fenómeno internacional, y tres décadas después, serie de HBO.

El universo Chespirito lleva medio siglo de explotación multiterritorio y multiformato y las telenovelas y formatos que la región vendió durante décadas fueron, sin que usáramos la palabra, licenciamiento de universos: mecánicas y mundos replicables por territorio.

La conclusión de esta primera evidencia es importante: América Latina no tiene que aprender a crear universos exportables. Ya sabe. Lo que no desarrolló es la práctica sistemática de mirar su propio catálogo con esos ojos.

LA MITOLOGÍA: EL CAPITAL QUE YA ESTÁN COSECHANDO

Hay una categoría de universo dormido que merece capítulo propio: nuestra mitología popular. La Llorona, el Chupacabras, el Pombero, la Difunta Correa, las cosmovisiones andinas y guaraníes, las leyendas fundacionales de cada pueblo. Es un capital extraordinario por tres razones: tiene reconocimiento masivo instalado (generaciones enteras crecieron con estas historias), es dominio público (no hay derechos que negociar), y viene con imaginario visual y emocional incorporado.

Y acá viene el dato que debería quitarnos el sueño: otros ya se dieron cuenta. La Llorona llegó al cine global de la mano de Hollywood, integrada a una franquicia de terror estadounidense.

Coco construyó desde el Día de Muertos mexicano uno de los universos animados más queridos de la última década. Encanto hizo lo propio con el realismo mágico colombiano. Los tres funcionaron globalmente, demostrando que nuestro imaginario tiene demanda mundial, y los tres fueron activados desde afuera.

No es una queja: es un diagnóstico. Nuestra mitología ya entró al mercado global, pero entró por la puerta de otros. La pregunta es qué haría falta para que la próxima activación tenga a la región no solo como inspiración sino como socia del negocio.

Hay una segunda categoría que merece el mismo capítulo, porque tiene una ventaja que ninguna otra tiene: las historias reales. El crimen que paralizó a un país, el juicio histórico, la gesta deportiva, el personaje público, la tragedia que todos recordamos dónde estábamos cuando ocurrió.

Estos universos llegan con la validación de audiencia ya hecha, y gratis: la atención pública que el caso generó en su momento es el dato de audiencia, medido solo en tapas de diarios, ratings de noticieros y conversación social. La región lo viene demostrando cada vez que se anima: los juicios que se volvieron cine premiado, los clanes criminales convertidos en series, los biopics musicales, el true crime que domina rankings de plataformas y de podcasts.

La materia prima se renueva todos los días en los portales de noticias, actuales y de archivo, y sin embargo seguimos tratándola como excepción productiva y no como lo que es: una categoría permanente de nuestro inventario de universos.

EL 360 QUE NO ESTAMOS VIENDO

Pensemos cualquiera de estos universos con la lógica de las puertas que propuse en mi columna anterior. Una leyenda popular admite, además de la película que todos imaginamos primero, la serie animada, el videojuego, el podcast narrativo, el microdrama vertical para redes, la experiencia inmersiva, el turismo narrativo en su territorio de origen, la literatura infantil, el merchandising. No todos los caminos aplican a todos los universos: ese es justamente el análisis que debe hacerse en serio, caso por caso. Pero el punto es que casi nunca lo hacemos, porque seguimos archivando este capital en la carpeta equivocada: lo llamamos “cultura” o “folklore”, y la cultura se preserva; las IP se desarrollan.

Un universo mitológico bien trabajado puede ser las dos cosas a la vez: patrimonio vivo y motor económico. La dicotomía entre preservación y explotación es, quizás, otro de los hábitos que nos conviene revisar.

Otras culturas ya resolvieron ese dilema, y vale la pena mirar cómo. La mitología nórdica es hoy una industria global: dioses y sagas escandinavas alimentan franquicias de cine, series y algunos de los videojuegos más vendidos de la historia.

Pero el caso más instructivo para nosotros es el asiático, porque ahí la activación fue propia y reciente: China convirtió a Ne Zha, una deidad de su mitología clásica, en la película animada más taquillera de la historia mundial, producida en China, con capital chino y Black Myth: Wukong, basado en Viaje al Oeste, entró al mercado global por la puerta del videojuego y se convirtió en uno de los lanzamientos más grandes que se recuerden.

Japón lleva décadas haciendo lo mismo con sus yokai y su folklore, del cine de animación a los videojuegos. La lección es doble: la mitología local tiene demanda global comprobada, y cuando la activa su propia industria, por la puerta que sea, el negocio queda en casa.

LOS ESTADOS REGIONALES: LOS QUE ESTÁN MÁS CERCA DE LAS HISTORIAS

Acá aparece un actor que casi nunca entra en esta conversación: los estados regionales. Las provincias, los departamentos, los estados federales, no los gobiernos nacionales, sino el nivel que está más cerca del territorio donde las historias viven.

Las Film Commissions y los institutos regionales se pensaron, en general, para atraer rodajes: locaciones, cash rebates, servicios de producción. Ese trabajo es valioso, pero mira el negocio desde un solo lado, el de ser escenario de las historias de otros.

El paso siguiente sería mirar hacia adentro: cada región tiene leyendas, personajes históricos, mitologías locales que ningún ejecutivo en Buenos Aires, Ciudad de México o Los Ángeles conoce, y que la comunidad local lleva generaciones contando. ¿Quién está mejor posicionado para identificar ese capital, documentarlo y ponerlo en condiciones de ser desarrollado?.

Un estado regional que arme el inventario de sus universos narrativos, y los acerque a productores, plataformas y mercados con una lógica de cartera, estaría haciendo algo más profundo que fomento cultural: estaría federalizando el mapa de la IP latinoamericana, que hoy se concentra en las capitales por la simple razón de que nadie está buscando en otro lado.

EL INVENTARIO PENDIENTE

El hilo de esta opinión es uno solo: el capital existe, la capacidad de exportarlo está demostrada, y la demanda global por nuestro imaginario quedó probada, aunque por ahora la estén capitalizando otros. Lo que falta no es talento ni material: es la mirada sistemática que convierta el catálogo cultural en cartera de universos, y los actores, regionales, nacionales, privados,  dispuestos a hacer ese trabajo.

Identificado el capital, la pregunta siguiente es operativa, y es el tema de mi próxima columna: para cada universo dormido, ¿cuál es la puerta más conveniente para despertarlo?

Por Diego Marambio
Gerente sénior de la Comisión de Filmaciones y Asuntos Internacionales del INCAA de Argentina

Diario de Hoy

viernes, 14 de agosto de 2026

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