MERCADEO

another: Por qué las mejores experiencias de marca no terminan en el evento

24 de agosto de 2026

Explican a diseñar experiencias que funcionen simultáneamente: momentos presenciales y materia prima para lo digital

Durante años, el éxito de un evento de marca se midió principalmente dentro del espacio físico: cuántas personas asistieron, cuánto tiempo permanecieron, qué vieron y qué ocurrió sobre el escenario. Pero la economía de la atención está cambiando esa ecuación.

Hoy, cada asistente puede ser también un potencial canal de distribución. El teléfono que lleva en el bolsillo puede convertir una reacción, un descubrimiento o una interacción en contenido capaz de alcanzar a audiencias que nunca estuvieron en la sala. El valor de una activación presencial, por tanto, ya no depende únicamente de su capacidad de convocatoria, sino de su capacidad para generar historias que los propios asistentes quieran contar desde su creatividad y perspectiva.

La tendencia apunta hacia una nueva forma de pensar el experiential marketing: diseñar experiencias que funcionen simultáneamente como momentos presenciales y como materia prima para la conversación digital.

Un estudio publicado en Journal of Hospitality and Tourism Insights, basado en 457 asistentes a exposiciones artísticas y culturales, encontró que la experiencia presencial puede extenderse a las redes sociales. Gen Z incorporó lo vivido al contenido que compartía en mayor medida que Gen Y, incluyendo reseñas y piezas creativas. La experiencia, en otras palabras, no necesariamente termina cuando el visitante abandona el recinto.

Pero conseguir que una experiencia se convierta en contenido requiere algo más que poner una cámara delante del público.

Otro análisis, publicado en Tourism Recreation Research a partir de 293 personas que ya habían compartido experiencias relacionadas con eventos, identificó el disfrute, la facilidad de uso y la utilidad como factores que influyen significativamente en la actitud hacia compartir. Los valores hedónicos y sociales también inciden en la intención de continuar haciéndolo.

La conclusión para las marcas es menos obvia de lo que parece: la amplificación digital comienza mucho antes de que alguien saque el teléfono.

“Las marcas se preguntan demasiado cómo lograr que la gente comparta y muy poco qué están creando que realmente merezca ser compartido”, explica Natalia Sánchez, Business Development Director de la agencia de comunicación estratégica another. “Un hashtag, un logo o pedirle al público que saque el teléfono no generan amplificación. Primero tiene que existir un momento que provoque una reacción: sorpresa, curiosidad, participación, incluso la sensación de ‘tenías que estar ahí’. Nuestro trabajo es diseñar ese momento. El contenido viene después”.

De escenario a experiencia
Esta transformación está cambiando incluso la manera en que se concibe el espacio. La experiencia ya no se concentra necesariamente en el escenario principal. La entrada, los espacios de transición, las instalaciones y los momentos previos a un lanzamiento pueden convertirse en parte de la narrativa.

Un túnel sensorial que combine iluminación, sonido, movimiento, texturas o interacción, por ejemplo, puede funcionar como algo más que un elemento escenográfico: puede convertirse en el primer hito de la historia que los asistentes contarán después.

La diferencia está en que ese momento debe funcionar desde dos perspectivas simultáneas: para quien lo vive físicamente y para quien lo descubre posteriormente en una pantalla.

Es una distinción cada vez más relevante en una industria en la que la audiencia presencial y la audiencia digital ya no son necesariamente dos grupos separados.

El momento que genera conversación
Lo mismo ocurre con los lanzamientos y reveals. Durante años, el objetivo fue crear un gran momento para quienes estaban en primera fila. Ahora, ese momento también tiene que sobrevivir a través de las cámaras de los propios asistentes.

Movimiento, mecanismos físicos, sensores y participación pueden convertir una develación convencional en un acontecimiento colectivo. Pero la tecnología, por sí sola, no garantiza que algo sea compartido.

Lo que importa es la existencia de una narrativa reconocible: anticipación, sorpresa y un clímax visual que permita entender rápidamente qué está ocurriendo.

En ese sentido, una experiencia puede ser espectacular dentro del venue y, al mismo tiempo, fracasar como contenido. Si el momento solo funciona desde el punto de vista de producción o requiere demasiada explicación para ser entendido fuera de la sala, pierde parte de su potencial de circulación.

La pregunta que empieza a ganar peso en la industria no es solamente cómo hacer que un evento sea memorable para quienes asisten, sino cómo hacer que lo memorable pueda viajar.

Del photo opportunity al contenido de la audiencia
La evolución también afecta uno de los recursos más tradicionales de las activaciones: el espacio diseñado específicamente para fotografías.

Durante años, colocar un logotipo detrás de una instalación podía ser suficiente para garantizar visibilidad de marca. Pero en un entorno dominado por contenido vertical, creadores y comunidades digitales, visibilidad y capacidad de circulación ya no son necesariamente lo mismo.

La pregunta empieza a desplazarse de “¿dónde ponemos el logo?” a otra más amplia: ¿qué puede hacer aquí una persona que su propia audiencia realmente tenga interés en ver?

Eso puede traducirse en experiencias diseñadas alrededor de los códigos de las plataformas: POV, reacciones, demostraciones, transformaciones, personalización o formatos como Get Ready With Me. El producto deja de ser únicamente un objeto que aparece en la fotografía y se convierte en parte de una acción que el usuario puede reinterpretar.

La diferencia es importante. El photo opportunity tradicional pide al usuario que produzca publicidad para la marca. La nueva generación de activaciones busca darle materia prima para producir contenido que tenga sentido dentro de su propia narrativa.

Una experiencia, múltiples vidas
El cambio también plantea una cuestión económica.

Si una instalación se construye para existir durante cuatro horas, su valor se mide de una manera. Si esas mismas cuatro horas producen contenido, conversación, imágenes, testimonios y otros activos que continúan circulando después del evento, la ecuación es diferente.

“Yo dejaría de preguntar cuánto presupuesto corresponde al evento y cuánto a digital”, dice Sánchez. “La pregunta más útil es qué inversión puede tener más de una vida: funcionar en la sala, convertirse en contenido y seguir construyendo conversación después. Si una instalación desaparece después de cuatro horas sin dejar ningún activo cultural o narrativo, tenemos que preguntarnos si realmente aprovechamos todo su valor”.

No significa que cada asistente tenga que publicar ni que cada rincón de un evento deba convertirse en un set para redes. Tampoco que la experiencia física pierda importancia frente a la digital.

La transformación es otra: el evento deja de entenderse como un momento cerrado y empieza a concebirse como el origen de una conversación que puede continuar fuera del espacio físico.

En esa lógica, el aforo deja de ser el límite absoluto de una experiencia. Una persona puede estar dentro del venue; cientos, miles o millones pueden terminar viviendo una versión de ese momento a través de su teléfono.

Y esa segunda vida ya no es necesariamente un efecto secundario del evento. Cada vez más, forma parte de lo que las marcas están intentando diseñar desde el principio.

Diario de Hoy

martes, 8 de septiembre de 2026

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