
Roma
Si no la has visto, qué estás esperando. A Roma hay que verla. No importa cuál sea tu impresión, se trata del riesgo de un artista que está en su cumbre, y desde ahí, pone todas sus municiones creativas en un proyecto personal, sumamente artístico y entrópicamente cuestionador.
Eso sí, no creas que vas a divertirte. Esta no es una película de entretenimiento. Si sabes un poco de cine, eventualmente la disfrutarás reconociendo toda la cultura cinematográfica de Cuarón en escuelas históricas europeas, su manera de hacer respirar la narración, la fotografía, el diseño de audio y los silencios. Pero es esta una película que te propone contemplar. Divertirte nunca.
Su desenlace (si podemos llamarle desenlace: en términos dramáticos en realidad aquí hay solo medio arco) es estremecedor, pero para mal, produce arcadas.
Roma es el retrato de un malestar. De un malestar instalado en el inconsciente de alguien a quien se le volvió un recuerdo pesadillesco. Y ese retrato viene con gracias, aunque en blanco y negro, porque muchas generaciones de latinoamericanos, de una forma u otra, pueden retratar sus propias historias allí. Y un tiempo que se fue y muestra sus gracias.
Roma tiene las más increíbles críticas, y las cachetadas más asombrosas también (de obra maestra a telenovela, la han llamado). Pero eso no importa cuando se trata de una apuesta así, sino de que cada quien tenga su experiencia. ¿Te la vas a perder? Está en Netflix, o, si tienes suerte, en algún cine de arte que conozcas y la estén dando.
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