
Miriam del Real Manzur, Directora General Creativa de Licuadora Group
Hoy ya no solo ocupamos la mesa, la estamos transformando.
Durante décadas, los espacios de decisión en nuestra industria, fueron ocupados en su mayoría por hombres. No necesariamente por intención excluyente, sino por una inercia histórica que no contemplaba la presencia femenina en posiciones de poder. Así también se configuró una idea de liderazgo: vertical, competitivo, emocionalmente contenido. Un modelo que funcionó en su contexto y que impulsó grandes avances, pero que no integraba todas las dimensiones humanas que hoy sabemos necesarias.
Cuando muchas mujeres comenzamos a ocupar posiciones directivas, el primer aprendizaje, fue el de adaptarnos. Entender los códigos. Demostrar capacidad. Prepararnos el doble.
Aquí va una anécdota: recuerdo una vez un pitch, en el que el reto era desarrollar una propuesta estratégica y creativa. Las mujeres presentaron dos ideas, profundamente trabajadas, con escenarios alternos y posibles objeciones previstas. Los hombres presentaron una sola propuesta, sin el mismo nivel de desarrollo; me atrevería a decir que en algunos casos, realmente parecía ser, el mínimo esfuerzo.
Se notó completamente una diferencia en la forma de aproximación al desafío. Las mujeres parecían sentir que debían cubrir todos los ángulos, anticipar cualquier duda, probar que estaban listas. Ellos parecían asumir que una idea, era suficiente -y ojo, no es que eso estuviera mal, simplemente en este caso, se demostraba quién sentía que debía esforzarse más para llegar al mismo objetivo, ser reconocida y ganar-.
Aquella experiencia, fue una revelación personal y total: durante mucho tiempo, las mujeres aprendimos a esforzarnos más para garantizar el mismo nivel de legitimidad y llegar no más lejos, simplemente al mismo lugar.
Por otro lado, también como anécdota, tengo resonando constantemente una frase que muchos jefes llegaron a decirme más de una vez, como aparente consejo profesional: “Miri, eres muy buena, necesitas ser más mala”. Claro, en su momento, me costó trabajo entender a qué se referían, pero después de procesarlo, caché lo que querían decir. Asociaban autoridad con dureza. Firmeza con frialdad. Liderazgo con intimidación.
Pero algo dentro de mí siempre cuestionó esa premisa. Si para dirigir debía abandonar mi forma de comprender a las personas, mi capacidad de escuchar, mi sensibilidad para leer dinámicas emocionales, entonces quizás el problema no era yo, era el molde.
Con el tiempo entendí que no se trata de rechazar lo aprendido, sino de ampliarlo.
El liderazgo consciente y empático, no es una oposición al modelo tradicional; es su evolución. Dirigir hoy implica navegar entornos complejos, equipos diversos, ritmos acelerados y expectativas cambiantes. La presión existe. La exigencia también. Pero la forma en que se sostiene esa exigencia, puede transformarse.
La empatía no debilita la autoridad, la profundiza. Escuchar no es ceder poder, es comprender antes de decidir. Reconocer emociones no es perder objetividad, es gestionar mejor la energía colectiva.
Históricamente, muchas habilidades asociadas a lo femenino —la lectura relacional, la anticipación de conflictos, la construcción de redes de apoyo, la capacidad de contención— fueron consideradas complementarias. Hoy son estratégicas.
En una industria que vive de entender a las personas, la inteligencia emocional no es un lujo. Es una ventaja competitiva.
Nuestro liderazgo como mujeres hoy, no busca suavizar el negocio; busca hacerlo más inteligente, integrar resultados con bienestar, ambición con ética y claridad con humanidad.
En el Mes de la Mujer no celebramos una presencia simbólica. Reconocemos un proceso de avance, de esfuerzo y de transformación. Reconocemos a quienes abrieron camino cuando no había referentes visibles. Y asumimos la responsabilidad de continuar evolucionando las estructuras que hoy habitamos, desde un lugar más empático, más humano y más nuestro.
A las mujeres que lideran equipos, proyectos, agencias o empresas: no necesitan endurecerse para pertenecer. No necesitan convertirse en una versión más rígida de sí mismas para ser respetadas. La firmeza puede coexistir con la sensibilidad. La autoridad puede ejercerse con respeto. La ambición puede expresarse sin agresión.
Abrazar nuestra emocionalidad no nos hace menos profesionales. Nos hace más completas. Más conscientes. Más capaces de sostener decisiones difíciles sin perder humanidad.
Y a los hombres que comparten estos espacios: este liderazgo no compite con el suyo. Lo complementa y lo amplía. La evolución organizacional no es una disputa de género; es una construcción colectiva.
No solo estamos llegando a la mesa. Estamos contribuyendo a que la mesa sea más amplia, más consciente y más humana.
Si alguna vez te dijeron que necesitabas ser “más mala” para dirigir o incluso para existir, realmente la invitación que yo te hago hoy, es otra: Sé más tú. Con claridad. Con límites. Con convicción. Pero siempre tú.
Porque el liderazgo más auténtico y poderoso, no es el que intimida. Es el que te abraza y te transforma, a ti y a los tuyos.
Miriam del Real Manzur
Directora General Creativa
Licuadora Group
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