
Édgar Ramírez habló con el corazón y se mostró vulnerable durante su Master Class. Héctor Trejo moderó la conversación.
En el marco de un encuentro cercano con la industria y nuevos talentos, el reconocido actor venezolano Édgar Ramírez aprovechó su paso por la edición 41 del Festival Internacional de Cine en Guadalajara para profundizar en su transición hacia la producción, un rol que considera una extensión de su compromiso con la narrativa latinoamericana. Además, compartió su visión sobre la evolución de su carrera, destacando el papel fundamental de México en la industria global y su transición hacia la producción cinematográfica.
Para Ramírez, el paso detrás de cámaras no es un cambio de carrera, sino una evolución necesaria para quienes desean influir en la industria de manera más profunda.
“Creo que el destino natural de cualquier actor curioso es producir. Es poder utilizar cualquier cantidad de músculo que has podido acumular en tu carrera para echar para adelante cualquier proyecto al que tú puedas ayudar”, afirmó. El actor enfatizó que este rol le permite impulsar relatos que considera “urgentes” y necesarios en el contexto actual. Un caso, es la reciente película mexicana sobre Venezuela, Aún es de noche en Caracas.
Agregó que esta película fue posible gracias a su socio mexicano Stacy Perskie, reforzando a México como el centro de gravedad de la cinematografía hispana. También reconoció que fue un mexicano, el escritor y director Guillermo Arriaga quien lo animó a entrar en el mundo de la actuación, tras ver un cortometraje estudiantil donde Ramírez colaboró.
Ramírez fue enfático al señalar que, aunque el cine debe entretener, su esencia en nuestra región es inevitablemente política. “Todo arte es político, toda manifestación artística es política… sobre todo en América Latina, todos los personajes están siempre atravesados por la política. Nuestras vidas están profundamente atravesadas por lo público”, dijo. Sin embargo, fue enfático en que no está de acuerdo con la propaganda ni con el proselitismo. “Las películas de propaganda me aburren. Yo políticamente me expreso a través de mí mismo, no necesito que mi oficio sirva como vitrina”.
Para Édgar Ramírez, el cine debe explorar las zonas grises: “Lo que nos define como seres humanos son las contradicciones. Somos seres profundamente contradictorios”.
Más allá de la técnica y el mercado, la Master Class de Édgar Ramírez en Guadalajara se convirtió en un tratado sobre la condición humana y la empatía como la herramienta fundamental del artista. El actor venezolano desglosó cómo el cine actúa como un mecanismo de acompañamiento para las sociedades.
Para Ramírez, el arte no tiene la obligación de educar o dar soluciones, sino de estar presente. “El arte tiene un gran efecto de acompañamiento… No tiene por qué resolver, no tiene por qué aleccionar, no tiene por qué borrar las heridas”.
Agregó que el cine – y el arte- no tiene sentido sin la mirada del otro. “El arte sucede en el ojo del otro, en esa mirada, en el ojo que lo está observando. Allí es donde sucede”.
Uno de los momentos más profundos de la charla fue cuando Ramírez diseccionó el concepto del Ego, vinculándolo directamente con la inseguridad del set. “El ego no es otra cosa sino miedo. Una persona parece que está muy en un set muy arrogante… en el fondo lo que está es completamente asustado. Cualquiera, desde el director hasta cualquier miembro del rodaje, siente miedo”. Ramírez se mostró vulnerable, comentando anécdotas en las cuales se había sentido así de inseguro.
Ramírez relató cómo el trabajo con grandes figuras le enseñó a “hundirse” en la escena para tocar fondo y poder emerger con una interpretación honesta. Según el actor, la actuación le ha permitido “incrementar su empatía hacia los demás” al confrontar sus propias contradicciones y las de sus personajes.
El actor cerró con una reflexión sobre la importancia de la experiencia colectiva de ir a una sala de cine, calificándola como un ritual sagrado. “La gran literatura —y el cine— lo que hace es levantar un espejo para que las sociedades puedan mirarse” argumentó.
Luego, comentó cómo una película hace que las personas vivan sentimientos, a veces muy intensos y que son muy personales. Pero en compañía de otras personas, todas desconocidas. “Lo hermoso de ver una película en una sala de cine es que es la experiencia más íntima que tienes de la manera más pública. Es un ritual”.
Esta visión de la empatía reafirma el compromiso de Edgar Ramírez no solo con la excelencia técnica, sino con un cine que sirva como puente emocional entre las realidades de Iberoamérica.
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lunes, 20 de abril de 2026 |