
El colapso de infraestructuras en el litoral central desnudó la vulnerabilidad de las construcciones. También la falta de instituciones y mantenimiento en el país (Foto: Florantonia Singer)
La destrucción de los noticieros tradicionales en la televisión abierta dio paso a una estructura informativa fragmentada, móvil y masiva que hackeó el cerco regulatorio durante la catástrofe.
El doble terremoto del pasado 24 de junio no solo sacudió los cimientos físicos de Caracas y La Guaira. También sirvió como prueba de estrés para el ecosistema de medios en Venezuela. En un mercado donde el sistema político desmanteló, en más de dos décadas, las salas de redacción de medios escritos y los noticieros radiales y de televisión abierta, la cobertura de la catástrofe se ha dado en redes sociales. Y allí ha quedado en evidencia la incapacidad de respuesta del gobierno, así como la magnitud de esta tragedia. Mientras tanto, la censura no ha podido contener la avalancha de posts e historias sobre lo que sigue ocurriendo tras la catástrofe. El evento sísmico parece haber logrado fracturar la línea hegemónica y el control informativo, que han sido prácticas hasta el momento.
Durante décadas, el primetime de canales históricos como Venevisión, Televen, Globovisión o la desaparecida RCTV se estructuraba en torno a sus noticieros. Eran productos audiovisuales de alto presupuesto, con despliegue de unidades móviles de microondas. Con reporteros de planta y un riguroso control editorial. El cerco regulatorio del Estado dinamitó este modelo, dejando a la televisión abierta nacional huérfana de contenidos informativos.

Habitantes de La Guaira se enfrentan al rescate de sobrevivientes tras el sismo en Venezuela en junio de 2026. (Foto: Florantonia Singer)
Ante el sismo, la TV abierta tradicional demostró su incapacidad operativa para responder en tiempo real. En su lugar, el mercado de consumo audiovisual migró definitivamente a las pantallas verticales. El flujo informativo ya no responde a una pauta programada. Ahora es un stream continuo, fragmentado y bajo demanda que compite directamente por el engagement en los algoritmos de X, Instagram y TikTok.
El éxito de este “noticiero en red”, en el que participan ciudadanos, periodistas e influencers, surgió de forma orgánica. El blindaje gubernamental contra los portales de noticias independientes permanece intacto y bloquea sistemáticamente a los proveedores de internet (ISP).
Sin embargo, el flujo informativo logró evadir el control oficial. A un día de la tragedia —y tras la presión de expertos de la ONU— el gobierno desbloqueó X (antes Twitter). El colapso de las comunicaciones tras la catástrofe obligó a operadoras como Movistar y Digitel a habilitar llamadas y SMS gratuitos (e incluso activar la mensajería vía Starlink en La Guaira), lo que les dio a los ciudadanos la gasolina técnica para que el flujo de videos en Instagram y TikTok se volviera masivo, superando cualquier capacidad de monitoreo.

La cobertura de la contingencia del terremoto en Venezuela se ha realizado principalmente a través de las redes sociales. (Foto: Florantonia Singer)
Ello, además, era absolutamente necesario: era la manera de conocer en tiempo real dónde se encontraban las víctimas y los sobrevivientes de los derrumbes para, a su vez, permitir su rescate.
Las redes sociales —con sus ventajas y desventajas— parecen ser el único espacio que permite informar y expresar la emergencia.
Con la desaparición del formato informativo tradicional, los periodistas de oficio se transformaron en productores ejecutivos de sus propias marcas. Hoy, cada reportero opera como una microred de distribución con línea editorial y audiencias propias. Algunos de ellos colaboran como corresponsales. Pero también informan a través de sus propias redes sociales.
En el epicentro del suceso, la cuenta de Román Camacho (@rcamachovlza) funcionó como agencia de imágenes, historias y datos, convirtiéndose en el proveedor nativo del que se nutrieron las agencias internacionales. En el plano del análisis y el desmontaje de la narrativa oficial, Maryorin Méndez (@maryorin_mendez) operó como una central de curaduría crítica, auditando las cifras de víctimas y el colapso hospitalario. Y dando voz a lo que viven las víctimas.
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La escuela del periodismo explicativo migró a las pantallas móviles de la mano de Aymara Lorenzo (@aymaralorenzo), quien sustituyó el set de televisión por entrevistas en el sitio de los acontecimientos, con geólogos, ingenieros y rescatistas, en formato digital. Reportando también para Telemundo, Lorenzo mostró el déficit de atención y las denuncias de los habitantes.

Aymara Lorenzo está en el sitio reportando para Telemundo, pero también publica en sus redes sociales. Ha mostrado el déficit de atención y las denuncias de los habitantes.
En las calles afectadas de Catia y el litoral central, Seir Contreras (@seircontreras) dio voz directa al descontento de las comunidades que denunciaban la ausencia de maquinaria estatal. La cobertura humanitaria incluso incorporó el ángulo de la telerrealidad forzada con Karem González, periodista de El Nacional, cuyo producto informativo se transformó en una crónica en primera persona al resultar damnificada por el colapso de su propio hogar. Ella compartió su testimonio con cadenas internacionales como Telemundo.

La sociedad se movilizó a auxiliar a quienes quedaron atrapados bajo los escombros y a documentar lo que ocurría (Foto: Florantonia Singer)
En paralelo, el rostro humano y social de la crisis encontró espacio en coberturas centradas en los derechos humanos. Periodistas como Ariadna García (@ariadna_limon) se han dedicado a documentar de cerca las historias de vida de los afectados, el drama del desplazamiento forzado y la precaria situación interna de los hospitales receptores y de los refugios improvisados.
Como contrapeso a toda esta red independiente, la marca personal de Barry Cartaya (@barrycartaya1) —quien, a pesar de su despido de VTV meses antes, mantiene intacta su línea editorial oficialista— operó como el defensor digital del relato institucional. Desde sus propias plataformas, Cartaya enfocó sus contenidos en el despliegue militar, los balances gubernamentales y la gestión de crisis del Ejecutivo, demostrando que la defensa de la narrativa estatal también tuvo que abandonar los estudios de televisión tradicionales para mudarse al feed de las redes sociales.
La falta de equipos técnicos de televisión en exteriores fue suplida por los teléfonos de miles de ciudadanos en La Guaira. Sus grabaciones caseras expusieron una realidad incómoda para el relato del poder: durante las primeras horas críticas, la remoción de escombros y los rescates de sobrevivientes se llevaron a cabo de forma espontánea por los propios vecinos y víctimas. La ausencia del Estado fue una realidad difícil de ocultar.
Asimismo, se vieron videos nunca vistos, ni siquiera en el mejor documental: familias huyendo de los edificios destruidos en pleno sismo o segundos después. Padres salvando a sus hijos, logrando escapar manteniendo el equilibrio sobre las ruinas. Personas rescatando a sus familiares bajo montañas de escombros. Hay miles de videos de rescates imposibles, de héroes y valientes. También vecinos que documentaron el robo de sus enseres. Testimonios de impotencia y dolor. Se trata de una fuente de historias inagotable, un banco de imágenes que seguro se aprovechará en algún documental sobre este evento.
A este caudal de imágenes se sumó el ecosistema de creadores de contenido de entretenimiento y de estilo de vida. Por un lado, figuras de alcance masivo como la experta gastronómica Surthany Hejeij (@surthycooks) reconvirtieron su formato audiovisual para visibilizar la preparación y la distribución de alimentos a los damnificados. Asimismo, cuentas vinculadas al turismo y al estilo de vida, como Sofía Saavedra (@sognis), Isaias Landaeta (@isaiaslandaeta) e Irina Bozzone (@irinabozzone), transformaron sus plataformas de lifestyle en centros de acopio.
La gran debilidad de este nuevo modelo informativo es la pérdida del control de la calidad. Al desaparecer la figura del editor tradicional, el ecosistema queda expuesto a los vicios del algoritmo: la búsqueda de notoriedad mediante el clout chasing (búsqueda de clics), el amarillismo y la infoxicación.
La desesperación por el engagement propició la difusión de fake news, como cadenas falsas sobre niños atrapados o abandonados. Hubo un linchamiento “virtual” contra una madre, asegurando que se estaba robando a una niña rescatada: tuvo que salir a explicar y presentar pruebas de que realmente era su hija. También hubo quienes recurrieron a videos generados por terceros para aumentar sus seguidores y sus visualizaciones.

El colapso de infraestructuras en el litoral central desnudó la vulnerabilidad constructiva y la falta de mantenimiento en el país (Foto: Florantonia Singer)
Un debate giró en torno al “turismo de catástrofe”. Creadoras como Anny De Trindade (@annydet) o Nhabyla Simonette (@nhabyg) han recibido quejas de su comunidad por influencers que acuden a zonas de desastre no para informar ni para prestar apoyo, sino para utilizar los escombros como fondo estético en videos que buscan generar vistas. Así que han solicitado empatía y han hecho un llamado a la atención sobre los límites éticos. Es la explotación del dolor ajeno bajo la lógica del clout chasing, en la que la línea entre la solidaridad y el espectáculo de la miseria se vuelve peligrosamente delgada.
El terremoto en Venezuela tuvo un impacto enorme. Aún no hay claridad sobre el número de personas fallecidas, de heridos o de quienes perdieron sus hogares. La reconstrucción será un proceso largo y difícil. Pero justo por el tamaño de la catástrofe, fue muy difícil contener la avalancha de información que surgió y sigue fluyendo.
El andamiaje de censura diseñado para silenciar los noticieros tradicionales demostró ser obsoleto ante una emergencia que atomizó las pantallas. La información ya no se sintoniza en el dial de la televisión abierta; se busca, se contrasta y se edita en un feed vertical donde el periodista investiga, el ciudadano fiscaliza y el influencer moviliza.
Con las redes, el gobierno se encontró con una hidra de mil cabezas: no puede apagar los noticieros porque cada persona en La Guaira y Caracas es una estación de transmisión independiente.
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jueves, 2 de julio de 2026 |