TELEVISIÓN

El Estado encuentra talento ¿Y después?

24 de septiembre de 2026

Diego Marambio

Cerré mi columna anterior mirando a los organismos internacionales y prometiendo bajar un eslabón: el Estado. Acá estoy, y conviene decir desde dónde escribo: llevo la mayor parte de mi carrera trabajando dentro y alrededor de los sistemas públicos de fomento audiovisual, en la región y en diálogo con sus equivalentes del mundo. Lo que sigue no es la mirada de quien quiere desfinanciar nada, es la de quien vio funcionar la mejor parte de estos sistemas tantas veces que le duele la parte que no funciona.

Digámoslo sin vueltas: el Estado es, en América Latina, el mejor detector de talento narrativo que existe. Los concursos de ópera prima, las escuelas públicas de cine, los fondos de desarrollo, los festivales sostenidos con recursos públicos, ese entramado encuentra, año tras año, a los narradores que después admiramos. Una parte enorme del cine latinoamericano que dio la vuelta al mundo en las últimas tres décadas pasó, en su origen, por alguna ventanilla pública. La detección funciona. Ese mérito hay que decirlo fuerte, sobre todo antes de una crítica.

Porque la pregunta de esta columna empieza justo después del hallazgo: el Estado encuentra al talento, ¿y después?

EL PROYECTO COMO UNIDAD DE TODO

Miremos el diseño, como venimos haciendo con cada institución de esta serie. La unidad sobre la que está construido casi todo el fomento audiovisual, acá y en el mundo, es el proyecto: una obra, de un formato, con un presupuesto y un plazo. Se concursa un proyecto, se evalúa un proyecto, se rinde un proyecto. El sistema entero es proyecto-céntrico, y de ese único gen de diseño se desprenden sus tres puntos ciegos.

El primero es el destino del hallazgo. El sistema financia la ópera prima, y tal vez una segunda o tercera película, pero siempre con la misma lógica proyecto-céntrica, y después vuelve a foja cero. Y acá conviene leer bien el síntoma, porque la conclusión habitual, “el Estado debería hacerse cargo de la carrera”, no es la mía. Distingamos dos verbos que solemos mezclar: el Estado puede acompañar a un creador, como se acompaña un valor cultural, nacional, provincial, local, y ese acompañamiento es legítimo y a veces necesario. Lo que no le corresponde es desarrollar la carrera: el desarrollo no debe descansar en el Estado, porque una carrera se construye en la conversación entre el talento, su audiencia y quienes tienen los recursos para apostar por él. El problema es otro: el hallazgo público no se conecta con esa conversación. La detección genera información carísima, este narrador existe, este mundo funciona, este equipo cumple, y el sistema la archiva después de usarla una vez: cada proyecto nuevo, a la cola otra vez, como si el hallazgo anterior no hubiera ocurrido. Detectamos con precisión de orfebre y desperdiciamos el hallazgo con la lógica de un sorteo. No falta un Estado que desarrolle carreras; falta el puente que le entregue el hallazgo a quienes sí las desarrollan.

El segundo es el universo. No existe, en la mayoría de nuestros sistemas, una línea que financie el desarrollo de un mundo narrativo como tal: la biblia transmedia, el piloto sonoro, la novela gráfica de prueba, el prototipo, el microdrama que valida un personaje. Todo lo que esta serie describió como puertas de entrada convenientes es invisible para el formulario, que solo tiene casillas para los formatos consagrados. El resultado es un incentivo perverso que cualquier productor de la región reconoce: si querés fomento para tu universo, disfrazalo de película. El sistema no financia mundos; financia el único formato que sabe leer, y empuja a todos los mundos a entrar por la puerta más cara.

El tercero es la no ficción narrativa. El true crime, el podcast documental, la serie de historias reales, la categoría con la validación de audiencia más barata de todas, como escribí columnas atrás, no tiene ventanilla. El documental clásico sí; el universo real desarrollado por sus otras puertas, no.

NO ES UN DEFECTO LATINOAMERICANO: ES EL PARADIGMA

Acá conviene evitar el reflejo de flagelarnos como región, porque el diagnóstico es más interesante que eso. Los grandes fondos europeos, los nacionales y los supranacionales, que conozco de cerca y con los que he trabajado, comparten exactamente la misma arquitectura: proyecto, formato, ventanilla, rendición. La diferencia con nosotros es de presupuesto y de consistencia, no de diseño. El paradigma proyecto-céntrico nació en la era del celuloide, cuando la obra única era efectivamente la unidad del negocio, y se replicó en todos los sistemas de fomento del mundo porque era correcto para su época. No estamos frente a un subdesarrollo institucional latinoamericano: estamos frente a un diseño global que envejeció, y frente a la oportunidad, para quien se anime primero, de renovarlo antes que los demás.

CÓMO SE VERÍA UN ESTADO QUE FINANCIA MUNDOS  

Ensayemos entonces el rediseño, con la misma vara concreta de toda esta serie: las ideas se vuelven serias cuando tocan el formulario.

Primero, continuidad del hallazgo, que no es fomento a la carrera, y la distinción importa. El Estado no tiene que financiar trayectorias: tiene que dejar de desperdiciar la información que produce. Que el talento detectado no vuelva a foja cero significa que su evidencia acumulada, los resultados de su ópera prima, los datos de su universo, el cumplimiento de su equipo, viaje con él: que exista, que sea visible, que el mercado pueda leerla. Vitrinas ante compradores, presencia en los mercados, el historial como activo portable. El puntapié inicial y las herramientas son del Estado; la carrera, de ahí en adelante, se discute con la audiencia y con quien tiene los recursos, como debe ser.

Segundo, líneas de universo: financiamiento de desarrollo para mundos narrativos con la puerta abierta, la biblia, el piloto sonoro, el prototipo, la prueba vertical, el desarrollo de una historia real por su formato más conveniente. Son las apuestas más baratas de toda la cadena: con el presupuesto de una película de fomento se financia el desarrollo de decenas de universos, y las herramientas que describí columnas atrás abarataron todavía más el costo de producir esa evidencia. El Estado podría multiplicar sus apuestas justo en la etapa donde apostar cuesta menos, y donde hoy casi no apuesta.

Tercero, progresión por evidencia: que el paso de una etapa a la otra, del desarrollo a la producción, de la puerta de entrada a la expansión, se decida también con datos de audiencia y no solo con dictámenes de comité. Y acá el circuito de esta serie se cierra solo, porque el instrumento para generar esa evidencia ya lo describí: el mercado audiovisual como campo de pruebas. Miremos lo que eso significa en nuestra región: los mercados, los festivales y los encuentros de industria son, en enorme medida, creaciones del Estado o espacios sostenidos con recursos públicos. Es decir: el Estado ya es dueño del puente. Ya financia el lugar donde el talento detectado podría medirse frente a audiencias y compradores, donde los universos podrían testear sus puertas, donde la evidencia podría producirse en condiciones profesionales. Hoy usa esa infraestructura como vidriera, el diagnóstico de columnas atrás. Convertirla en campo de pruebas no requiere construir nada nuevo: requiere rediseñar lo que ya paga. Un Estado que detecta talento, lo mide en sus propios eventos y le entrega al mercado un hallazgo con evidencia es un Estado que completó el circuito sin desarrollar ninguna carrera, exactamente el rol que le corresponde.

Y cuarto, el inventario, la tarea que esta serie ya nombró dos veces y que ningún actor privado va a hacer solo: el mapa de los universos dormidos de cada territorio, de la mitología a los archivos de historias reales. Es trabajo de Estado en el sentido más clásico del término: infraestructura que habilita el negocio de todos, incluida la negociación colectiva que describí en mi columna anterior. Un solo trabajo; ahora ya son tres negocios.

Conviene decir con claridad para quién es todo este rediseño, porque acá se juega un malentendido frecuente. Nada de lo anterior propone un Estado que ocupe más lugar en el negocio: propone un Estado que prepare mejor lo que el negocio necesita. El eslabón que hoy falta entre el talento que el sistema público detecta y las audiencias que ese talento merece es el capital privado, inversión, distribución, escala. Y el privado no entra donde solo hay promesas: entra donde hay evidencia. Un universo desarrollado con datos de audiencia, un historial de talento con resultados medibles, un inventario de mundos con derechos ordenados, eso es exactamente lo que el capital privado puede leer, valuar e invertir. El Estado que propongo no compite con el mercado: le fabrica los activos que hoy el mercado no encuentra. El Estado siembra y prueba; el privado amplifica y escala. Cuando esa secuencia no existe, la industria entera queda atada a ciclos políticos y presupuestos variables, y el talento que el Estado formó termina sin canales para llegar a su público.

Nada de esto reemplaza al fomento que existe, la película de autor, el documental, la ópera prima siguen necesitando su ventanilla, porque el cine sigue siendo una de las puertas y hay obras que el mercado solo no elegiría, y financiarlas es una función cultural y social que debe sostenerse. La propuesta, una vez más, es de proporción: sumar las unidades que faltan, el hallazgo portable, el universo, la evidencia, al lado de la unidad que ya existe.

Queda, lo sé, la objeción de fondo flotando sobre todo esto: ¿es papel del Estado meterse tan adentro del negocio? ¿Dónde termina el fomento y dónde empieza la sustitución del mercado? Esa tensión, la más vieja y la peor discutida de nuestra política audiovisual, merece columna propia. Es la próxima.

Por Diego Marambio
Gerente sénior de la Comisión de Filmaciones y Asuntos Internacionales del INCAA de Argentina

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jueves, 24 de septiembre de 2026

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