
El documental El juego de la vida siguió durante 14 años a cinco familias en distintas regiones de Colombia
En 2009, mientras trabajaba en la Universidad de los Andes —una de las más importantes de Colombia—, el periodista y documentalista Andrés Ruiz Zuluaga encontró una investigación académica que buscaba seguir durante más de una década a 10.000 familias colombianas para estudiar la movilidad social y las dinámicas de la pobreza.
Esa base estadística terminó convirtiéndose en el punto de partida de El juego de la vida, un documental que acompañó durante 14 años a varias familias en distintas regiones del país.
La película, que finalmente quedó construida alrededor de cinco historias principales, surgió de una inquietud previa del director por narrar temas sociales desde el lenguaje audiovisual.
“En 2007 yo había terminado mi primer documental, que tocaba temas de movilidad social, de trabajo informal”, explicó Ruiz en entrevista con PRODU. Cuando llegó a la universidad, propuso registrar audiovisualmente parte de la investigación económica. “De las 10.000 empezamos a grabar 50 familias en diferentes regiones del país”.
Ese registro comenzó en 2010 y continuó hasta 2024. Durante años, el material fue creciendo sin que existiera todavía una película definida. “En 2019 hicimos el primer alto en el camino porque ahí decidimos juntarnos con una productora de cine que se llama Séptima Films. Y las últimas grabaciones ya las hicimos pensando puntualmente en una película de largometraje para cine”.
El proyecto, que por supuesto aún no se llamaba El juego de la vida, fue transformándose con el tiempo. De las 50 familias iniciales, el equipo redujo el seguimiento primero a 30 casos y después a 20 durante la preproducción. Finalmente, 10 familias fueron grabadas específicamente para la película y cinco terminaron integrando el relato central.
Andrés Ruiz explicó que la selección final respondió a varios filtros. “El primero sí o sí era cinematográfico porque queríamos llevarlas a cine. Que hubieran quedado bien grabadas, que la historia visualmente se pudiera contar bien”. A eso se sumó un criterio relacionado con la investigación original: “Que sí fueran una muestra representativa de los datos de la investigación”.
El tercer elemento buscó evitar la repetición temática entre historias. “Teníamos muchas historias de embarazo adolescente, por ejemplo. Entonces decidimos sacar una familia que era buenísima narrativamente, pero ya teníamos ese tema presente en otras”.
Desde el inicio, las familias habían sido escogidas bajo parámetros relacionados con las llamadas “trampas de la pobreza”: acceso limitado a educación, contextos geográficos adversos, familias numerosas o embarazo adolescente. Uno de los casos centrales del documental es el de una familia de Gramalote, Norte de Santander, cuyo pueblo quedó destruido por una falla geológica en 2010.
“Eran como esas trampas”, señaló Ruiz. “La familia protagonista de la película vivía en Gramalote, que tenía una falla geológica, y preciso nosotros empezamos en 2009 y en 2010 la falla geológica acabó con todo el pueblo”.
La duración del proyecto implicó dificultades constantes de producción. Mantener el contacto con las familias fue uno de los principales desafíos, especialmente por los desplazamientos y cambios de residencia.
“El primero es ese, el de contactarlos siempre fue complejo”, recordó el director. “Siempre los encontramos, pero era todo un reto, a veces me sentía como detective tratando de averiguar con los vecinos y amigos”.
El caso de Mildred, una de las protagonistas, resume esa dificultad. Después de salir de Gramalote, pasó por Villa del Rosario, un albergue temporal, volvió a cambiar de residencia y durante la pandemia desapareció del radar del equipo hasta que fue localizada en Bogotá, mientras su hijo terminó viviendo en Medellín.
La pandemia del coronavirus también alteró por completo el calendario de grabación. El equipo había trabajado en ciclos de aproximadamente tres años, pero el confinamiento interrumpió el seguimiento previsto para 2020. “La pandemia en algún momento me hizo pensar que no iba a haber película”, afirmó Ruiz.
A eso se sumó el problema financiero. Durante los primeros años, el documental se sostenía gracias al presupuesto de la investigación académica. Sin embargo, en 2018 el estudio pasó al DANE y el respaldo económico inicial desapareció. “Ya teníamos que conseguir financiación aparte. Y eso era otro reto”.
La llegada de Séptima Films y el respaldo posterior de la Universidad de los Andes permitieron continuar el proyecto, aunque con menos recursos y facilidades de producción, pero que en suma El juego de la vida tomara forma.
Aunque documental nació dentro de una investigación académica, Ruiz evitó construir una película centrada en cifras o entrevistas con expertos. Su intención era que las historias hablaran por sí mismas.
“Cuando llegó a la sala de cine y no vio cifras, ni expertos hablando, Leopoldo Fergusson me dijo que los primeros 10 minutos fueron un shock”, contó el director sobre uno de los investigadores del estudio. “Pero después dijo: ‘Wow, esta era la mejor forma de presentarla’”.
Andrés Ruiz relaciona esa decisión con su interés por el documental narrativo y con referentes televisivos que consumía desde niño. “A mí me parecía muy chévere cuando el conocimiento se presentaba en forma narrativa”.
El director sostiene que el propósito principal de El juego de la vida es abrir discusiones sobre desigualdad y movilidad social en Colombia. “La intención realmente de esta película más que cualquier cosa es generar conversación de país”.
En esa línea, considera que el debate no puede limitarse únicamente al papel del Estado. “Debemos ser un poco más empáticos”, afirmó. “Todos por naturaleza rechazamos demasiado la diferencia”.
Tras su recorrido por los cines de Colombia, donde fue distribuido por Cineplex y hasta este momento es el documental colombiano más visto de 2026 en salas, busca ampliar su alcance mediante plataformas y circuitos culturales. Andrés Ruiz confirmó que existen conversaciones para llevar la película al streaming y también para organizar funciones comunitarias.
“Hemos tenido conversaciones para hacer proyecciones en Gramalote, en Simijaca y en los lugares donde está la película”, explicó. El objetivo es que las comunidades retratadas y otros públicos puedan participar en debates posteriores a las exhibiciones.
La universidad, coproductora del proyecto, también ha planteado que el documental pueda utilizarse en espacios educativos. “Se ha conversado que es una película que deberían ver todos los colegios”, señaló el director.
Para Andrés Ruiz, El juego de la vida logra conectar con públicos distintos porque retrata experiencias reconocibles en diferentes contextos sociales del país. “Cada persona que ha visto la película siempre me dice que se siente representada de alguna manera”.
|
viernes, 22 de mayo de 2026 |