
Diego Marambio
Hollywood pelea por incentivos fiscales para retener sus producciones; América Latina lleva décadas atrayéndolas con incentivos propios. Los dos fenómenos confirman el mismo principio: cuando el Estado y el privado se alinean, la industria se mueve. Lo que nos falta no es el principio, es la arquitectura.
Empiezo con un dato que invierte un complejo de inferioridad que arrastramos hace tiempo. Hollywood, la industria audiovisual más poderosa del planeta, está peleando por incentivos fiscales federales para retener producciones que se le van al Reino Unido, Canadá y Australia. Mientras tanto, América Latina lleva décadas haciendo exactamente lo contrario: atrayendo esas mismas producciones con incentivos propios, cash rebates y film commissions. En esta película, la región no llegó tarde: llegó antes. Y los dos fenómenos, el de ellos y el nuestro, hablan del mismo principio, cuando el sector privado y el Estado se alinean en torno a un objetivo común, la industria audiovisual se mueve.
El problema es que en nuestra región esa alineación todavía es frágil. Y esta columna intenta precisar por qué, porque en esa precisión está la diferencia entre pedir más de lo mismo y diseñar lo que falta.
En mi columna anterior tracé la frontera: el Estado detecta, siembra y construye el puente; el desarrollo y la escala se discuten con la audiencia y con quien tiene los recursos. ¿Qué pasa cuando esa frontera se borra, cuando el subsidio, en lugar de completar al mercado, lo reemplaza?
Pasa algo que cualquiera que haya recorrido nuestras cinematografías reconoce, aunque pocas veces se diga en voz alta: la industria empieza a producir para el fondo y no para el público. El proyecto se diseña para el formulario, su extensión, su género, su presupuesto calibrado para el dictamen y no para una audiencia.
Nace así un género en sí mismo, el “proyecto de fomento”, con sus códigos y sus expertos, perfectamente adaptado a su único espectador real: el comité que lo aprueba. En el vocabulario de esta serie: universos desarrollados para la ventanilla, no para sus públicos. La obra se estrena, cumple su rendición, y desaparece sin haber conversado nunca con la audiencia que supuestamente la justificaba.
Seamos justos con el diagnóstico: esto no ocurre porque el fomento exista, ocurre porque el fomento está solo. Cuando el subsidio es la única fuente de financiamiento realista, el fondo se convierte, inevitablemente, en el mercado. Y la patología no es del Estado, pero tampoco del privado que no entra: el capital no está ausente por desinterés sino por respuesta racional, no entra donde no hay reglas estables que leer ni evidencia que valuar. La patología es de la arquitectura incompleta: un ecosistema al que le falta la mitad, y donde la mitad presente termina haciendo, mal y a la fuerza, el papel de las dos.
Ese otro jugador es el capital privado como motor de inversión, distribución y escala. Y su ausencia tiene un costo que excede lo financiero: cuando el privado no entra, la industria entera queda atada a ciclos políticos, presupuestos variables y decisiones que cambian con cada gestión. El talento que el Estado formó y detectó, con la eficacia que reconocí en mi columna anterior, termina sin los canales para llegar a las audiencias que merece. Todo el circuito que esta serie describió, del hallazgo al puente, desemboca en una orilla donde tiene que haber alguien esperando. Si no hay nadie, el puente no lleva a ningún lado.
Mientras tanto, el mundo no espera. El capital privado global ya está apostando fuerte a la convergencia entre el entretenimiento tradicional y la economía de creadores: Amazon lanzó un chreator hub en Fire TV para integrar creadores digitales al living room junto al cine y la televisión, y Netflix, Fox y Tubi se mueven en la misma dirección. La frontera entre el contenido “de industria” y el contenido “de creadores”, la misma que esta serie viene borrando puerta a puerta, se está disolviendo también del lado del dinero. Y América Latina tiene talento abundante en los dos mundos: el de los cines premiados y el de las audiencias digitales masivas. Lo que no tiene es la arquitectura que los conecte con ese capital.
Ahora bien, ya que estamos repartiendo responsabilidades con justicia, digamos también lo que el sector privado no siempre quiere escuchar, y lo digo con la intención de quien quiere que entre, no de quien busca ofenderlo.
Primero: sobre la detección de talento. Esas apuestas por la economía de creadores que acabo de elogiar comparten un rasgo: llegan con la métrica en la mano. El privado “detecta” al creador que ya se validó solo, la audiencia construida, los números en la previa. Es legítimo y es su naturaleza, pero llamemos a las cosas por su nombre: detectar con métricas ajenas no es arriesgar; es comprar evidencia que otro produjo. El que apuesta a ciegas, por el narrador sin comparables, por la ópera prima sin historial, sigue siendo el Estado. Cada jugador hace lo que su estructura le permite, y por eso se necesitan; pero no confundamos la compra de evidencia con la valentía.
Segundo: el privado también tiene su burocracia, solo que la llama “procesos de calidad”. Quien haya navegado los circuitos de aprobación de una plataforma conoce las demoras, los filtros y los comités con otro nombre. La agilidad privada es real comparada con el expediente público, pero es un mito compararla con la agilidad que el propio privado se atribuye.
Tercero: el punto que más debería preocupar a las propias plataformas: suelen trabajar siempre con las mismas productoras. Es racional, el proveedor conocido reduce riesgo, pero el efecto sistémico es un stopper en el medio del ecosistema: los que ya se instalaron se convierten en la aduana por la que el talento nuevo está obligado a pasar, con su peaje y su fila. Y las plataformas pagan por eso un costo que no miden: se pierden exactamente lo que dicen estar buscando, el hallazgo. La concentración de proveedores es, en el fondo, la versión privada del vicio estatal que describí en mi columna anterior: dos maneras distintas de desperdiciar el talento que el sistema ya tenía a la vista.
Esta simetría no es un empate moral para que nadie se enoje: es el argumento central a favor de la arquitectura. Un ecosistema con campo de pruebas, evidencia portable y hallazgo visible le resuelve el problema a los dos, le da métricas al riesgo ciego del Estado, y le da a las plataformas un flujo de talento que no dependa de la aduana de siempre.
El modelo que funciona en los mercados más competitivos no elige entre Estado y privado: los combina con roles definidos. El Estado como facilitador, incentivos fiscales bien diseñados, film commissions, marcos regulatorios estables, detección y apoyo del talento emergente, y ahora también la infraestructura de evidencia que describí columnas atrás: el mercado audiovisual como campo de pruebas, el inventario de universos, el hallazgo portable. El privado como amplificador, el que toma lo que el Estado sembró y probó, y le pone inversión, distribución y escala.
Sobre los incentivos, una precisión desde el oficio: no todos valen lo mismo. El incentivo que solo abarata el territorio muda producciones de lugar y se va con ellas cuando otro paga más; el incentivo bien diseñado deja capacidad instalada, técnicos formados, proveedores, infraestructura, y sobre todo relaciones entre el talento local y el capital que vino de afuera. La diferencia entre alquilar el país y desarrollarlo. Y sobre los marcos: lo que el capital privado necesita para entrar no es generosidad sino previsibilidad, reglas claras que sobrevivan a las gestiones. La estabilidad regulatoria es el incentivo más barato que existe, y el que menos practicamos.
Digámoslo también al revés, porque la simetría importa: nada de esto es dejar la cultura del lado de lo privado. El Estado conserva la función que ningún privado puede reemplazar, impulsar nuevas voces, apostar a las nuevas generaciones, financiar las obras que el mercado solo no elegiría.
Esa función cultural y social debe sostenerse, y esta serie la defendió en cada columna. De lo que se trata es de construir un ecosistema donde el apoyo público y la inversión privada se potencien mutuamente, en lugar de operar en mundos separados, o peor, de mirarse con desconfianza desde orillas que se necesitan.
América Latina tiene contenido, talento y mercado. Tiene universos dormidos y puertas cada vez más baratas para despertarlos. Tiene un Estado que detecta como pocos y una infraestructura de eventos que podría medir como nadie. Lo que todavía le falta es la arquitectura de colaboración que convierta todos esos elementos en una industria verdaderamente competitiva a escala global, el acuerdo de roles entre lo público y lo privado que otras industrias del mundo ya escribieron y nosotros seguimos improvisando gestión a gestión. ¿Estamos listos para tener esa conversación?
Las próximas columnas asumen que sí, y se meten con el contenido que esa arquitectura debería producir: el que ya no se adapta después, porque nace expandido.
Por Diego Marambio
Gerente sénior de la Comisión de Filmaciones y Asuntos Internacionales del INCAA de Argentina